viernes, junio 10, 2005

Hernán Rivera Letelier

Un verano, la Universidad de Antofagasta organizó cursos abiertos. Rivera buscaba un lector y se anotó. El profesor era un crítico de la ciudad y le dijo que bueno, que llevara lo suyo y él le daría una opinión. "Pasé en limpio mis mejores cosas y se las llevé al otro día. Esa noche no pude dormir. Al otro día llegué a clase de los primeros. 'Mira -me dijo-, tus poemas no están mal. Pero hay unas palabras que no son poéticas. Por ejemplo, la palabra silicosis.' Chucha -dije-, mi taita murió de silicosis. Si yo no puedo usar la palabra silicosis en un poema...¿pa'qué mierda me sirve el poema?¿Para qué sirve la poesía si no puedo nombrar la palabra con la que murió mi viejo, silicosis?", pregunta, subiendo un poco el volúmen. Lo pregunta en el pasado y en el presente, con los ojos oscuros abiertos hacia sus interlocutoras.

2 comentarios:

Nanim dijo...

¿Quién puede determinar cuáles palabras son poéticas y cuáles no?
¿Hay palabras "poéticas"?
¿Hay palabras "no-poéticas"?

Ogui dijo...

Efectivamente, hay grupos que están interesados en mantener un sistema de palabras interdictas en poesía. Por suerte, poco a poco se van limando los confines.
También es interesante en poesía que la palabra no va suelta sino en un contexto que no es solamente conceptual sino también sonoro. Entonces, la palabra silicosis, que a primera lectura, en solitario, como en un diccionario, suena demasiado rara, puesta en una frase donde otras vocales y consonantes le den cabida se acomoda mejor al discurso.
Están los que leen palabra por palabra, los que sólo leen el significado, si lo tiene (o lo buscan, por las dudas) y los que ven la parte musical, el sentido y la fonética.
La verdad de la lectura no está ni en una ni en otra. Se requiere leerla de todos esos costados, supongo. Y debe haber más que en el apuro se me traspapelan.